Amalia
Amalia —Soy la señora de N…
—¡Ah! Me felicito por esta ocasión en que tengo el honor de saludar a la señora de N…
—Parece que usted quedó admirada sobre mi juicio respecto a este baile, ¿no es verdad? —prosiguió la señora de N…, que al parecer estaba empeñada en criticar cuanto allí había.
—Confieso a usted que yo no echo de menos ese buen tono que extraña usted —le respondió Amalia, que todo quería oír, sin decir ella nada.
—¡Oh, por Dios!
—¡Cómo! ¿No halla usted de buen tono la concurrencia de esta noche? —le preguntó Amalia, que empezaba a encontrar que su vecina podría distraerla del malhumor que sentía.
—¡Buen tono! —dijo la señora, riéndose, echando negligentemente su brazo al respaldo de la silla, y aproximándose a Amalia—. ¿Conoce usted —continuó— ciertas calidades físicas en los hombres, que revelan perfectamente su buena o su mala raza?
—Quizá.
—Fíjese usted un momento en el pie de los hombres.
—¿Y bien? Ya está.
—¿Qué nota usted?
—¿Qué noto?
—Sí; con franqueza.