Amalia
Amalia —Eso lo veremos —dijo Daniel arreglando los cabellos desordenados de Eduardo—. Yo estoy en mi elemento cuando me hallo entre las dificultades. Y si, en vez de escribírmelo, me hubieses esta tarde hablado de tu fuga, ciento contra uno a que no tendrías en tu cuerpo un solo arañazo.
—Pero tú ¿cómo has sabido el lugar de mi embarque?
—Eso es para despacio —contestó Daniel sonriéndose.
Amalia entró en ese momento trayendo sobre un plato de porcelana una copa de cristal con vino de Burdeos azucarado.
—¡Oh, mi linda prima —dijo Daniel—. Los dioses habrían despedido a Hebe, y dádote preferencia para servirles su vino, si te hubiesen visto como te veo yo en este momento! Toma, Eduardo; un poco de vino te reanimará mientras viene un médico.
Y en tanto que suspendía la cabeza de su amigo y le daba a beber el vino azucarado, Amalia tuvo tiempo de contemplar por primera vez a Eduardo, cuya palidez y expresión dolorida del semblante le daban un no sé qué de más impresionable, varonil y noble; y, al mismo tiempo, para poder fijarse en que, tanto Eduardo como Daniel, ofrecían dos figuras como no había imaginádose jamás: eran dos hombres completamente cubiertos de barro y sangre.