Amalia
Amalia —Ahora —dice Daniel, tomando el plato de las manos de Amalia—, ¿el viejo Pedro está en casa?
—Sí.
—Entonces ve a su cuarto, despiértalo y dile que venga.
Amalia iba a abrir la puerta de la sala para salir, cuando le dice Daniel:
—Un momento, Amalia: hagamos muchas cosas a la vez para ganar tiempo, ¿dónde hay papel y tintero?
—En aquel gabinete —responde Amalia señalando el que estaba contiguo a la sala.
—Entonces, anda a despertar a Pedro.
Y Daniel pasó al gabinete, tomó una luz de una rinconera, pasó a otra habitación, que era la alcoba de su prima, de aquélla a un pequeño y lindísimo retrete, y allí invadió el tocador, manchando las porcelanas y cristales con la sangre y el lodo de sus manos.