Amalia

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Parados unos, otros sentados, y otros cómodamente acostados en los catres y en la cama, una crecida reunión de hombres ocupaba la sala de doña Marcelina, sin más luz que la escasa claridad de las estrellas que entraba a través de los pequeños y empañados vidrios de las ventanas.

Las palabras eran dichas al oído, y de cuando en cuando alguno de los que allí estaban se aproximaba a las ventanas, y con la mayor atención paseaba sus miradas por la lóbrega y desierta calle de Cochabamba.

El reloj del Cabildo hizo llegar hasta esta reunión misteriosa la vibración metálica de su campana.

—Son las nueve y media de la noche, señores, y nadie puede equivocarse en una hora de tiempo cuando lo espera una cita importante. Los que no han venido no vendrán ya. Vamos a reunirnos.

Al concluirse la última de esas palabras, dichas por una voz muy conocida nuestra, los postigos de las ventanas se cerraron, y la luz de la pieza inmediata penetró a la sala por la puerta de la habitación contigua.

Un minuto después, el señor don Daniel Bello ocupaba la silla colocada delante de la mesa de pino, teniendo a su derecha al señor don Eduardo Belgrano; ocupados los demás asientos por veintiún hombres, de los cuales el de más edad contaría apenas veintiséis o veintisiete años, y cuyas fisonomías y trajes revelaban la clase inteligente y culta a que pertenecían.


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