Amalia
Amalia —El exordio ha sido un poco largo, pero, en fin, ya se acabó, y no creo que haya nadie aquí que, después de haberlo oído, no se crea tan seguro como si se hallase en París —dijo un joven de ojos negros, de fisonomía alegre y cándida, y que, mientras hablaba Daniel, se había entretenido en jugar con una cadena de pelo que tenía al cuello.
—Yo conozco la tierra en que aro, mi querido amigo; yo sé que ninguno de vosotros está tranquilo; y sé, además, que soy el responsable de cuanto pueda sucederos. Ahora, vamos al objeto de nuestra reunión.
«Aquí tenéis, señores —prosiguió Daniel, sacando una cartera llena de papeles—, el primer documento de que quiero hablaros: es una lista de las personas que en el mes de abril y la primera quincena de este mayo han llegado emigrados de nuestro país a la República Oriental. Representan un número de ciento sesenta hombres, todos jóvenes, patriotas y entusiastas. Contamos, pues, con ciento sesenta hombres menos en Buenos Aires. Tengo motivos para aseguraros que los que hacen hoy el negocio de conducir emigrados a la Banda Oriental tienen solicitados más de trescientos pasajes, y esto, después de los asesinatos del 4 de mayo.