Amalia
Amalia Volvió inmediatamente al gabinete, sentóse delante de una pequeña escribanÃa, y tomando su semblante una gravedad que parecÃa ajena al carácter del joven, escribió dos cartas, las dobló, púsoles el sobre, y entró a la sala donde Eduardo estaba cambiando algunas palabras con Amalia sobre el estado en que se sentÃa. Al mismo tiempo, la puerta de la sala abrióse y un hombre como de sesenta años de edad, alto, vigoroso todavÃa, con el cabello completamente encanecido, con barba y bigotes en el mismo estado, vestido con chaqueta y calzón de paño azul, entró con el sombrero en la mano y con un aire respetuoso, que cambió en el de sorpresa al ver a Daniel de pie en medio de la sala, y sobre el sofá un hombre tendido y manchado de sangre.
—Yo creo, Pedro, que no es a usted a quien puede asustarle la sangre. En todo lo que usted ve no hay más que un amigo mÃo a quien unos bandidos acaban de herir gravemente. AproxÃmese usted. ¿Cuánto tiempo sirvió usted con mi tÃo el coronel Sáenz, padre de Amalia?
—Catorce años, señor; desde la batalla de Salta hasta la de JunÃn, en que el coronel cayó muerto en mis brazos.
—¿A cuál de los generales que lo han mandado ha tenido usted más cariño y más respeto: a Belgrano, a San MartÃn o a BolÃvar?
—Al general Belgrano, señor —contestó el viejo soldado sin vacilar.