Amalia
Amalia —Bien, Pedro, aquí tiene usted en Amalia y en mí una hija y un sobrino de su coronel, y allí tiene usted un sobrino del general Belgrano, que necesita de sus servicios en este momento.
—Señor, yo no puedo ofrecer más que mi vida, y esa está siempre a la disposición de los que tengan la sangre de mi general y de mi coronel.
—Lo creo, Pedro, pero aquí necesitamos, no sólo valor, sino prudencia y, sobre todo, secreto.
—Está bien, señor.
—Nada más, Pedro. Yo sé que tiene usted un corazón honrado, que es valiente, y, sobre todo, que es patriota.
—Sí, señor; patriota viejo —dijo el soldado alzando la cabeza con cierto aire de orgullo.
—Bien; vaya usted —continuó Daniel—, y sin despertar a ningún criado ensille usted uno de los caballos del coche, sáquelo hasta la puerta con el menor ruido posible, ármese y venga.
El veterano llevó su mano a la sien derecha, como si estuviese delante de su general, y dando media vuelta, marchó a ejecutar las órdenes recibidas.
Cinco minutos después, las herraduras del caballo se sintieron, luego se oyó girar sobre sus goznes el portón de la quinta y en seguida apareció en la sala cubierto con su poncho el viejo soldado de quince años de combates.