Amalia
Amalia —La amo, Daniel —continuó Eduardo, casi sin oír las palabras de su amigo—, la amo y quiero ser su esposo; mi corazón, mi vida, mi fortuna, todo es de ella. Viviremos siempre en el campo, siempre en la misma casa donde cambiamos nuestra primera mirada. ¿No es verdad que esa felicidad me espera, Daniel?
—Sí, Eduardo, y más que ésa todavía, oye: dentro de poco tendremos libertad, y con ella un campo inmenso a los trabajos de la inteligencia. La felicidad la buscaremos en nuestra familia, la gloria la buscaremos en la patria. Viviremos juntos. Haremos en Barracas una magnífica casa, en una parte de ella viviréis tú y Amalia; en la otra, mi Florencia y yo; y cuando necesitemos extraños ojos para que admiren nuestra felicidad, los buscaremos recíprocamente entre nosotros cuatro.
—¡Perfecto, perfecto plan, Daniel! Nosotros mismos educaremos a nuestros hijos ¿no es verdad? Y olvidaremos esos días pálidos de nuestra juventud; esa época terrible en que hemos vivido con el puñal al pecho, viendo deshojarse las mejores ramas de la existencia de la patria y…
—¿Lo ves? ¿No te lo dije? Éramos muy felices hace un instante con las promesas de nuestra imaginación, y, sin saber cómo, arrojas tú mismo en nuestra copa de néctar esa gota amarga de los recuerdos patrios. ¡Bah! Dejemos esto —dijo Daniel, levantándose y mirando el reloj—, van a dar las doce, Eduardo.