Amalia
Amalia Daniel, sin hablar una sola, tomó de la mano a su prima, la levantó, y dándose vuelta hacia Mariño, que permanecía con la mano estirada, le dijo con la sonrisa más diplomática del mundo:
—Está comprometida, señor Mariño.
Y como el anuncio no tenía contestación, el redactor se quedó en su puesto mientras los primos se colocaron entre las parejas del vals.
Dos de ellas quedaron, al fin, dueñas del campo: Florencia y su compañero, Amalia y Daniel.
Florencia y Amalia eran, más bien que dos mujeres, dos ángeles que volaban rozando la tierra con sus alas.
Florencia, radiante, animada.
Amalia, tranquila, impulsada por la voluptuosidad de la música y del movimiento.
Una y otra, sostenidas en el brazo de su compañero, no pisaban la alfombra, se deslizaban en ella como dos sombras, como dos creaciones del espíritu.
Las miradas de todos las seguían, se perdían con ellas en los giros fugitivos del vals, y se afanaban en vano por descubrir, bajo las nubes de seda y blondas, el pie delicado y flexible en que se apoyaban aquellos céfiros de amor, que pasaban junto a todos como suspiros de la música, como emanaciones de la luz.