Amalia
Amalia Pero Amalia, si era una divinidad en su belleza y en su espíritu, había pasado también por las manos de la naturaleza femenil, y poseía, como todas las de su sexo, ese repertorio de artes y secretos con los cuales tienen una facilidad exclusiva para volver el contentamiento al corazón de los hombres, mientras que poseen la virtud del Leteo para hacerles olvidar los sucesos o las ideas que quieren; y diez minutos después, Eduardo no se acordaba de Mariño, y el pasado y el porvenir, Buenos Aires y el universo, habían desaparecido de su memoria, absorta toda la acción y la sensibilidad de su alma en ver, en escuchar, en beber el aliento y las sonrisas de su amada.