Amalia
Amalia —¡Sí, soy feliz! ¿Por qué negarlo? —prosiguió Amalia—. Un destino cruel parece que esperó mi nacimiento para conducirme en el mundo. Todo cuanto puede hacer la desgracia de una mujer en la vida, lo selló en la mía la Naturaleza. La intolerancia de mi carácter con las frivolidades de la sociedad; los instintos de mi alma a la libertad y a la independencia de mis acciones; una voluntad incapaz de ser doblegada por la humillación ni por el cálculo; una sensibilidad que me hace amar todo lo que es bello, grande o noble en la Naturaleza; todo esto, Eduardo, todo esto es comúnmente un mal en las mujeres; pero en nuestra sociedad americana tan atrasada, tan vulgar, tan aldeánica puedo decir, es más que un mal, es una verdadera desgracia. Yo tuve la dicha de comprenderla, y entonces quise aislarme en mi patria. Para vivir menos desgraciada, he vivido sola después que quedé libre: y acompañada de mis libros, de mi piano, de mis flores, de todas esas cosas que otros llaman puerilidades, y que son para mí necesidades como el aire y como la luz, he vivido tranquila y… tranquila solamente. Me faltaba algo… sí, algo.
—¿Y bien?
—Hoy, ya no pido a Dios en mis oraciones, sino que conserve mi corazón sin más ambición que la que hoy siento.