Amalia

Amalia

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Los ojos de Amalia estaban húmedos, radiantes; había algo de inspiración celeste en su mirada; su frente y sus mejillas estaban pálidas; sus labios, rojos como el coral, y sus manos, oprimidas entre las de Eduardo, trémulas como las hojas de una azucena abatida.

—Amalia —le respondió Eduardo—, ya no hay amor en mi corazón: hay la adoración que tienen los mortales por las obras de Dios sobre la tierra; la adoración que tiene un corazón como el mío por todo lo que es grande y sublime en la Naturaleza. A la mujer a quien creía feliz, hube ofrecido tímidamente mi corazón; a la mujer que teme la desgracia, yo le doy mi corazón y mi destino, mi mano y mi porvenir. Yo sé que la muerte está pendiente hace mucho tiempo sobre mi cabeza, moriré a tu lado, tu última mirada me reconciliará con el mundo, y en el cielo recibiré, como un perfume de tu amor, los suspiros que dé tu corazón a mi memoria. Hace un momento que te hablaba el amante; ahora te habla el hombre: un corazón para amarte, un brazo para defenderte, una vida a la consagración de tu ventura, he ahí, Amalia, lo que te ofrezco de rodillas.

—No, jamás.

Eduardo, en efecto, hizo la acción de arrodillarse, pero los brazos de Amalia se lo impidieron. Y en ese momento de entusiasmo y de olvido, la frente de la joven sintió el calor de los abrasados labios de su amado.


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