Amalia
Amalia —No, no, jamás… Perdón, Eduardo, no me arranque usted una promesa de que tiemblo… no hay un ser que me haya amado, que me haya pertenecido, que no haya sido pronto presa del infortunio. El genio del mal parece que se suspende sobre la cabeza de aquellos que se identifican en mi suerte…, he perdido a cuantos me han amado…, hay en mis sueños una especie de voz profética, un alarido de predestinación terrible que ha sacudido mi pobre corazón toda vez que he llegado a imaginar una felicidad futura en mi existencia. Por compasión, Eduardo…, yo acepto ese amor que hace hoy toda la felicidad de mi vida. Ya he sido amada como era la ambición de mi alma; no más, pues… separémonos, lleve usted consigo el regalo del primer amor que he sentido en mi vida; y después… después olvÃdeme. Yo conservaré estas horas, todas las palabras de usted, como el retrato de una felicidad cuyo original hallé en la tierra, y viviré feliz con la seguridad de volver a contemplarlo en el cielo. Pero no más que esto, Eduardo. Yo sé, tengo fija, encarnada en la vida la idea de que mi amor se convierte en lágrimas y desgracias, y es porque yo amo, que quiero evitar la desgracia en el ser elegido de mi corazón.