Amalia
Amalia Pero no era simplemente la bella perspectiva de la ciudad lo que absorbía la atención de ese hombre, sino los recuerdos que en 1840 despertaba en todo corazón argentino la presencia de la ciudad de Montevideo: contraste vivo y palpitante de la ciudad de Buenos Aires, en su libertad y en su progreso; y más que esto todavía, Montevideo despertaba en todo corazón argentino que llegaba a sus playas el recuerdo de una emigración refugiada en él por el espacio de once años, y la perspectiva de todas las esperanzas sobre la libertad argentina, que de allí surgían, fomentadas por la acción incansable de los emigrados, y por los acontecimientos que fermentaban continuamente en ese laboratorio vasto y prolijo de oposición a Rosas, en ese Montevideo en donde sólo con dejar hacer, la población se había triplicado en pocos años, desenvuéltose un espíritu de comercio y de empresa sorprendente, y amontonádose cuanto elemento parecía suficiente para dar en tierra con la vecina dictadura.
Pero la imaginación humana abulta siempre el tamaño de las cosas y de los hombres a medida que los ve de lejos, y aquellos hechos verdaderos eran hiperbolizados, sin embargo, en la fantasía de aquel hombre que contemplaba la ciudad desde la popa del pequeño bajel.