Amalia

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—De aquí me conducirán.

—¿No será bueno preguntar si está la persona a quien usted viene a ver, antes de retirarme yo?

—No hay necesidad, si no está, esperaré; puede usted retirarse.

Míster Douglas se retiró, en efecto; Daniel dio dos fuertes aldabazos y preguntó al criado que salió a abrir:

—¿Está en casa el señor Buchet de Martigny?

—Está, señor —contestó el criado, mirando a Daniel de pies a cabeza.

—Entonces, entréguele usted esto ahora mismo —dijo, dándole al criado la mitad de una tarjeta de visita, cosa que el criado tomó con cierto embarazo, no sabiendo si cerrar o dejar abierta la puerta de la calle, porque Daniel, al abrir su levitón y sacar del chaleco la media tarjeta que iba a servir de seña, había puesto de manifiesto a los ojos del criado un par de hermosas pistolas de dos tiros que traía en su cintura, pasaporte con que quince horas antes se había embarcado en Buenos Aires.

El criado no tuvo, sin embargo, la impertinencia de cerrar la puerta, y algunos segundos después volvió, con mucha atención, a decir a Daniel que pasara adelante.


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