Amalia

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—Os equivocáis, señor —dijo Daniel, con una entonación de voz tan grave y tan segura que no pudo menos que intrigar vivamente el espíritu del señor de Martigny.

—Pero vos, señor, no podéis tener otros datos que los rumores de Buenos Aires, donde todos los sucesos se repiten siempre bajo un carácter próspero al gobierno del general Rosas.

—Olvidáis, señor Martigny, que hace un año os suministro a vos, y, como debéis saberlo, a la comisión argentina y a la prensa, todo cuanto es necesario para ilustraros, no sólo sobre la situación de Buenos Aires, sino sobre los actos más reservados del gabinete de Rosas. Olvidáis esto, señor, cuando creéis, que yo haya recogido en los rumores públicos la certidumbre de un suceso tan grave como el que nos ocupa. No lo dudéis, la batalla del Sauce Grande, el 16 del corriente, ha sido perdida por el Ejército libertador. El parte del general Echagüe, que traigo conmigo, me está ratificado por cartas particulares de persona adicta que tengo a mi servicio en el ejército de Rosas[81].

—¿Traéis el parte, señor? —preguntó el señor Martigny, algo perplejo.

—Helo aquí, señor —y Daniel le entregó un papel, que el agente francés desdobló sin precipitación, y que leyó, parado junto a la chimenea.

¡VIVA LA FEDERACIÓN!


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