Amalia
Amalia —Os esperaba con impaciencia, señor Bello, después de vuestra carta del 20, que he recibido el 21.
—El 20 os pedía una conferencia para el 23, y hoy estamos a 23 de julio, señor Martigny.
—Guardáis en todo una exactitud admirable.
—Los relojes políticos deben estar siempre perfectamente arreglados, señor; porque, de lo contrario, suelen perderse las mejores oportunidades que marca el tiempo, siempre tan fugaz en los acontecimientos públicos: os prometí estar el 23 en Montevideo y heme aquí; debo estar en Buenos Aires el 25 a las doce de la noche, y estaré.
—¿Y bien, señor Bello?
—Y bien, señor Martigny: la batalla se ha perdido.
—¡Oh, no!
—¿Lo dudáis? —preguntó Daniel, un poco admirado.
—No tenemos todavía detalles oficiales, pero, según algunas cartas, tengo motivos para creer que la batalla no ha sido perdida.
—¿Entonces creéis que ha sido ganada por el general Lavalle?
—Tampoco; creo que se ha derramado sangre inútilmente para los combatientes.