Amalia

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—Perdón, señor Martigny, yo no he hecho el viaje de Buenos Aires a Montevideo para discurrir sobre la verdad de este documento, pues que estoy perfectamente convencido de la desgracia que han sufrido las armas libertadoras: he venido en la persuasión de encontrar aquí la misma certidumbre, y poder, entonces, sobre ese hecho establecido, discurrir y combinar lo que podría hacerse aún.

—Y bien, ¿qué podría hacerse, señor Bello? —contestó el señor Martigny, no encontrando dificultad en ponerse en el caso de que efectivamente hubiese sido perdida la batalla.

—¿Qué podría hacerse? Os lo diré, señor, pero tened entendido que no es de la pobre cabeza de un joven de donde salen las ideas que vais a oír, sino de la situación misma, de los hechos que hablan siempre con más elocuencia que los hombres.

—Hablad, señor, hablad —dijo el agente francés, seducido por la palabra firme y por la fisonomía de aquel joven, radiante de inteligencia.




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