Amalia

Amalia

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—Se conoce aquí el estado de las provincias interiores; las más fuertes de ellas pertenecen a la revolución. En el litoral, Corrientes y Entre Ríos levantan también las armas de la libertad. El Estado Oriental se armó igualmente contra el gobierno de Rosas. La Francia extendió una poderosa escuadra sobre los puertos y costas de Buenos Aires. Todos estos acontecimientos, señor Martigny, unos cuentan dos años ya, otros uno, otros seis meses. Bien: ¿en todo ese tiempo se ha progresado, o se ha retrogradado en el camino del triunfo sobre Rosas, camino común a la República, al Estado Oriental y a la Francia? En los puertos y costas de la provincia, el bloqueo francés se ha limitado a lo que queda en el Plata dentro de su embocadura en el Océano. En las provincias del interior, la revolución no ha marchado adelante, y toda revolución que se detiene en su marcha instantánea, tiene todas las probabilidades en su contra. Las armas orientales se enmohecen en el territorio de la República, y pierden un tiempo que aprovecha Rosas. Teníamos a Corrientes y Entre Ríos, hoy no tenemos sino a la primera en peligro de ser dominada más tarde por las armas vencedoras en la segunda. Se retrocede, pues, lejos de adelantar. El porqué de este mal es muy sencillo: porque el esfuerzo de los contrarios de Rosas no ha sido dirigido aún sobre Buenos Aires; es allí, señor Martigny, donde está la resistencia, y es allí donde se debe dar el golpe. Una batalla se ha perdido, pero no el ejército. En el estado de entusiasmo de los libertadores una retirada no es una derrota. Y si el general Lavalle pasase el Paraná, marchase inmediatamente sobre Buenos Aires, y en día y hora convenidos atacase la ciudad por la parte del campo, al mismo tiempo que una división por oriental, en que entrase toda la emigración argentina que hay en esta ciudad, desembarcase y atacase la ciudad por el Retiro, Rosas entonces, o tendría que embarcarse o entregarse a los invasores, porque la ciudad no podría ofrecer sino una débil resistencia en el estado actual. Tomada la ciudad, ya no hay que pensar en Echagüe, en López y en Aldao: el poder de Rosas es Rosas mismo: la República es Buenos Aires: deshagámonos de Rosas; tomemos posesión de la ciudad, y no hay guerra, señor Martigny, o si la hay, será insignificante y por corto tiempo.


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