Amalia
Amalia —Sois un valiente, señor Bello —dijo señor Martigny, apretando la mano de Daniel—, pero vos sabéis que mi posición oficial me impone una circunspección tal en estos momentos indecisos, que, para una operación así, sólo podría dar mi opinión al general Lavalle. Puedo, sin embargo, hacer más que esto: hablaré con algunas personas de la comisión argentina y si, como ya lo creo, la batalla se ha perdido y el general Lavalle se decide a invadir la provincia de Buenos Aires, yo sostendré con vuestra opinión las ventajas probables de un ataque rápido sobre la capital.
—Eso es todo, señor, eso es todo; en ella está Rosas, en ella está su poder, en ella están todas las cuestiones pendientes de la actualidad; no hay que equivocarse: Buenos Aires es la República Argentina para la libertad como para la tiranía, para el triunfo como para la derrota: subamos un día al gobierno de Buenos Aires, y habremos dado en tierra con el poder de Rosas para siempre.
El señor Martigny iba a responder, cuando un criado entró a la sala y dijo:
—Los señores Agüero y Varela.
—Que pasen adelante —contestó el señor Martigny.
—Me retiro, señor —dijo Daniel.
—No, no, al contrario; os quedaréis.
—Una palabra, ante todo.