Amalia
Amalia —No puedes arrepentirte —decía—, y debes, sin embargo, poner todos los medios para que tu virtud, tu abnegación, no dé armas contra ti a nuestros opresores. Del sacrificio que haces en despedir a tus criados, te resarcirás pronto. Además, Eduardo no permanecerá en tu casa, sino los días indispensables que determine el médico: dos o tres, a lo más.
—¡Tan pronto! ¡Oh, no es posible! Sus heridas son quizá graves, y sería asesinarlo levantarlo de su cama. Yo soy libre; vivo completamente aislada, porque mi carácter me lo aconseja así; recibo rara vez las visitas de mis pocas amigas, y en las habitaciones de la izquierda podremos disponer un cómodo aposento para Eduardo, y completamente separado de las mías.
—¡Gracias, gracias, mi Amalia! Bien sé que tienes en tus venas la sangre generosa de mi madre. Pero quizá no convenga que Eduardo permanezca aquí. Eso dependerá de muchas cosas que yo sabré mañana. Ahora, es necesario que vayamos a preparar la cama en que se habrá de acostar después de su primera curación.
—Sí… por acá; ven —y tomando una luz pasó con Daniel a su alcoba, y de ésta a su tocador.
Pero antes de seguir nosotros el paso y el pensamiento de Amalia, echemos una mirada sobre estas dos últimas habitaciones.