Amalia
Amalia Daniel miró con una rápida mirada a los dos personajes que se le presentaban.
El señor Agüero era un hombre como de setenta años de edad, de una estatura regular, no grueso, pero sí fuerte y musculoso. Su color, blanco en su juventud, estaba morenizado por los años. En su fisonomía, dura y encapotada, sus ojos se escondían bajo las salientes, pobladas y canas cejas que los cubrían, y uno de ellos especialmente, por defecto orgánico, quedaba más oculto que el otro bajo su espeso pabellón; de allí, sin embargo, despedían una mirada firme y penetrante de una pupila viva y pequeña. La frente era notablemente alta, sin ninguna arruga, y de la parte posterior de la cabeza venían a juntarse sobre la frente algunos cabellos, blancos como la nieve, que cubrían un poco la parte superior, completamente calva.
Tal era todo cuanto pudo la primera mirada de Daniel descubrir en la persona de Agüero, que entró a la sala del señor de Martigny, caminando un poco inclinado hacia la derecha como era su costumbre, vistiendo una levita color pasa abotonada, corbata y guantes negros, con un pequeño bastón en su mano izquierda, que no le servía de apoyo, sino de juguete.