Amalia

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La legislación, la literatura, la política, todo tenía sus representantes legítimos entre los emigrados unitarios; y con el candor característico de su edad, creían los jóvenes que de la boca de aquéllos no se desprendía una palabra que no fuese una sentencia, una ley en política, o en literatura, o en ciencia; todos deseaban conocer de cerca a esos varones monumentales de la ilustración argentina, y todos temían, sin embargo, el caso de tener que habérselas con ellos en cualquier asunto que hiciese relación a los intereses de su país, o más bien, todos temían el tener que pronunciar una palabra delante de ellos; tan persuadidos estaban de su indisputable suficiencia. Tales eran las creencias populares de la juventud argentina en la época de nuestra historia.

Daniel, espíritu fuerte e inteligencia altiva, era de los pocos que no se dejaban arrastrar fácilmente por aquel torrente de opinión; sin embargo, más o menos, él estaba seducido como los demás, y no pudo sacudir de su espíritu cierta impresión nueva, avasalladora, puede decirse, al hallarse cara a cara por primera vez de su vida con el señor don Julián Agüero, ministro del señor Rivadavia, y con el señor don Florencio Varela, hermano del poeta clásico de ese nombre, y el primer literato del numeroso e ilustrado partido que se llamó unitario.


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