Amalia
Amalia La tradición popular, por una parte, que siempre agranda los hombres y las cosas a medida que los años pasan; el espíritu de partido, por otra parte: la desgracia, en fin, que había echado por tierra y combatido tantos años ese orgulloso partido creado en el gobierno de Las Heras, organizado en la presidencia; ilustrado y altivo en el Congreso, y derrotado, sin ser vencido, entre los escombros del templo constitucional que él supo levantar, pero no sostener; todo esto contribuía a que los nombres célebres de ese partido circulasen entre la juventud a que pertenecía Daniel, con una superabundancia de exageraciones que hacía reír a los federales viejos, y que hería la imaginación de los jóvenes, siempre dispuestos a creer las epopeyas y las historias del pueblo desde que ellas glorifican a la patria, y heroifican a los que murieron por ella en el cadalso y en las batallas, o sufrieron la desgracia santa de la proscripción, que todo hombre envidia como una gloria, en la edad en que toda desgracia es una corona de poesía para el hombre.
Así, los nombres de los viejos emigrados en 1829, entre los que figuraban en primera línea los Varela, los Agüero, eran los favoritos de la admiración y del respeto de todos los jóvenes de Buenos Aires, no tanto por lo que habían hecho ya, sino por lo que eran capaces de hacer, según la opinión popular, llegado el día de la regeneración argentina.