Amalia
Amalia El señor Agüero apretó fuertemente la mano de Daniel y fue a sentarse, con su tranquilidad y seriedad habitual, al lado de la chimenea, cerca de la cual tomaron asiento los otros personajes.
—¿Ha sido usted perseguido? —preguntó a Daniel el señor Varela.
—Felizmente no, y más que nunca estoy garantizado actualmente de toda persecución en Buenos Aires.
—¿Pero usted ha emigrado? —continuó Varela, mirando sorprendido a Daniel, en tanto que el señor Agüero miraba el fuego y se golpeaba la bota con el bastoncito que tenía en la mano.
—No, señor, no he emigrado; he venido a Montevideo por algunas horas solamente.
—¿Y se vuelve usted?
—Mañana sin falta.
El señor Varela miró a monsieur Martigny, quien comprendió la mirada, y le dijo: