Amalia
Amalia El señor Agüero movió afirmativamente la cabeza, y se puso a tocar los hierros de la chimenea con la punta de su bastón. Varela, uno de los hombres a quien más quería, acababa, según él, de tronchar por su base el discurso de ese joven que se atrevía a pensar de diferente modo que como pensaba el señor Agüero y el señor Varela; porque unitarios y federales viejos, todos han sido lo mismo en cuanto a esa ridícula aristocracia con que han querido presentarse siempre ante los jóvenes.
—¿Conque decís que Rosas ha hecho lo que ha hecho en los momentos de un contraste?
—Claro está —contestó Varela.
—Pues bien: Rosas ha hecho lo que acabáis de saber en la tarde del 19, en cuanto a las prisiones, es decir, seis horas después de haber recibido la noticia del buen suceso de sus armas en el Sauce Grande.
—Pero venís en error, Rosas ha perdido la batalla.
—¿Conocéis el parte, señor Varela? —dijo el señor Martigny.
—¿El parte publicado por Rosas?
—Sí.
—Precisamente veníamos a hablar de él. Hace tres horas que lo hemos recibido.
—¿Y tenéis algún documento que lo desmienta?