Amalia
Amalia Indecible es la sorpresa que causa a Daniel el ver a aquellos dos tan notables personajes empeñados en convencerse y en persuadir a los demás que el general Lavalle no había perdido la batalla del Sauce Grande, cuando él sabía, a no poder dudarlo, que el suceso era desgraciadamente cierto, y, sobre todo, el verlos empeñados en querer desvanecer un hecho con sólo el poder de la argumentación. Nada de esto era extraño, sin embargo: Daniel no era emigrado; no conocía esa vida de ilusión, de esperanza, de creaciones fantásticas que despotizan las más altas inteligencias, cuando la fiebre de la libertad las irrita y cuando viven delirando por el triunfo de una causa en cuyas aras han puesto, con toda la fe de su alma, su felicidad, su reposo y el presente y el porvenir de su vida. Daniel, además, no era unitario, usando esta voz como distintivo del partido rivadavista, y no podía comprender todo el orgullo de los miembros de ese partido, que no sirvió sino para perderlos. Pero le faltaba oír más todavía.
—Esto es poco aún —continuó el señor Varela—; oíd, señor Martigny, oíd, señor Bello, un fragmento de un diario que se lleva prolijamente en el ejército, y que hace pocas horas acabamos de recibir.
El señor Varela leyó: