Amalia

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Nuestra infantería avanzó a bayoneta calada, pero tuvo también que retroceder, porque le fue insuperable el obstáculo de las grandes zanjas de que estaba rodeado el enemigo.

En fin, el fuego duró desde las nueve y media de la mañana hasta más de las cuatro de la tarde, en cuya hora se dispuso que marchásemos a Punta Gorda, tanto para remediar los daños de la artillería, como para que se nos reuniesen algunos dispersos que se habían separado en las diferentes cargas que se dieron. Nuestro ejército está entero y lleno de entusiasmo, y el enemigo permanece siempre en su escondrijo, donde no ha hecho más que sostenerse amparado de zanjones, y su caballería ha fugado la mayor parte.

Tenemos sólo el sentimiento de que habrá pasado Echagüe el parte de que ha ganado una batalla, como es de su costumbre, pero no se pasarán muchos días sin que tenga un desmentido elocuente.

El valor de todos los individuos del ejército no se puede expresar; era preciso haber estado en el combate.

—Siguen ahora algunos detalles personales —dijo el señor Varela, después de concluir la lectura del diario.

Un momento de silencio reinó en la sala. Daniel lo interrumpió, diciendo:

—¿Y bien, señor Varela?


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