Amalia
Amalia —¿Y bien qué? —dijo inmediatamente el señor Agüero, haciendo un movimiento de hombros que marcaba bien su disgusto, con un poco de impertinencia.
—Quise decir, señor —respondió Daniel, dominando su fisonomía con su poderosa voluntad, para no dar a conocer en ella la impresión que le había hecho la súbita pregunta del doctor Agüero y para conservar el aplomo necesario cuando se hablaba con personajes tan distinguidos por su inteligencia y con quienes todo hacía comprender al joven que se iba a entrar en una arriesgada polémica—; quise decir, señor, que no comprendo la deducción que se saca de los dos documentos que se acaban de leer.
—Es bien clara, sin embargo —respondió el señor Agüero.
—Puede ser, señor, pero repito que no la comprendo.
Todo esto, mi querido Bello —dijo el señor Varela, apresurándose a tomar parte en la conversación—, nos hace creer casi positivamente que la batalla no ha sido ganada, ni por el uno ni por el otro; esto cuando menos.
Daniel se mordió los labios.