Amalia

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—Señores —dijo, parándose, poniéndose de espaldas contra la chimenea, sus manos a la espalda, y paseando sobre todos su mirada tranquila, pero brillante—; señores, la batalla la ha perdido el general Lavalle. Yo no comprendo que importe menos que un triunfo para el general Echagüe la retirada de nuestro ejército de las posiciones que ha ocupado por tanto tiempo, en el día mismo de la batalla. No queramos con argumentaciones destruir los hechos: evitemos el medir los acontecimientos por los deseos que nos animan. Desgraciadamente, yo estoy convencido de lo contrario que vosotros; pero convendré, si lo queréis, en que nuestras armas están vencedoras; tanto mejor. ¿Pero creéis como yo que la actualidad reclama la rápida invasión del general Lavalle sobre la provincia de Buenos Aires? Si lo creéis, señores, he aquí entonces lo único que debe ser hoy, en cada hora, en cada instante, el móvil privilegiado del pensamiento de todos: pensar la manera como nuestras armas obtengan un próximo triunfo de esa invasión, sea que ellas pisen la provincia victoriosas o derrotadas. Si no sois vosotros, no sé quiénes pueden tener influencia hoy en las resoluciones del general Lavalle, y pues que de esta campaña depende la vida de nuestra patria, yo creo que no perderéis un momento en poner en acción vuestra alta inteligencia, en el sentido que la actualidad lo reclama. Perdonad, señores, que os hable así, pues debéis creer que sólo el sentimiento de la patria me da el valor necesario para emitir una opinión delante de vosotros.


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