Amalia

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El señor Varela estaba encantado; sus ojos y su fisonomía tan dulce y expresiva reflejaban la admiración y el contentamiento, más por la animación y la elocuencia de su joven compatriota, que por la novedad de sus ideas.

El señor Martigny se restregaba las manos, contento íntimamente.

El señor Agüero había alzado dos veces su altiva frente para mirar aquel joven que no era unitario y que osaba emitir tan libremente sus opiniones, marcándole, al parecer, la línea de conducta que le convenía seguir.

—Señor Bello —dijo Varela—, el general Lavalle obra en campaña según sus ideas, según sus planes militares ¿qué quiere usted que le digamos nosotros desde aquí?

—¡Oh! Señor, las guerras más complicadas del mundo, las campañas más difíciles y peligrosas se han concebido y dirigido muchas veces, desde el fondo de los gabinetes, por hombres que jamás tuvieron en sus manos otra cosa que una pluma —respondió Daniel, dudando que la contestación del señor Varela tuviese alguna reserva que ignoraba y le convenía saber; y no se equivocó.

El señor Varela, en cuya alma no había sino sinceridad y franqueza, dijo, con una expresión de ingenuidad completa:


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