Amalia
Amalia —Adiós, señor Bello, hasta Buenos Aires —repitió el adusto anciano, apretando fuertemente la mano de Daniel, que pasó en seguida a la antesala acompañado de monsieur Martigny.
—¿Pero nosotros nos volveremos a ver? —dijo éste a Daniel, que tomaba su levitón, su capa de goma y sus pistolas.
—Tampoco, mi querido señor. Sabéis ya todo cuanto hay que saber de Buenos Aires en este momento. Conocéis ya el terreno, desenvolved, pues, vuestra política, según os lo aconsejen vuestra posición y vuestros nobles deseos. Mi correspondencia será ahora más prolija que antes.
—Sí, sí, por días, si es posible.
—No perderé ocasión. Tengo ahora que pediros un servicio.
—Pedid lo que queráis, amigo mío —dijo con prontitud el señor Martigny.
—Que mañana me mandéis una carta de introducción para el señor Don Santiago Vásquez.
—La tendréis sin falta. ¿Adónde vais a parar?
—A la Fonda del Vapor, adonde tendréis la bondad de darme un criado que me conduzca.
—Al momento.
—Pero es necesario que prevengáis al señor Vásquez a fin de que me espere solo a las ocho de la noche.