Amalia
Amalia —Bien, lo haré, y así lo hará él también. Pedidme más.
—Un abrazo, señor Martigny, porque, no os riáis de lo que voy a deciros, me parece que estoy viendo por última vez en el mundo a las personas con quienes hablo en Montevideo.
—¡Oh!
—Superstición, poesía de los veintisiete años de la vida, quizá… ¡Adiós, adiós, señor Martigny!
Y Daniel pasó al patio donde el distinguido y generoso agente de la Francia, en 1840, dio orden a un criado de conducir hasta la Fonda del Vapor al caballero que salía, volviendo él al salón, donde lo esperaban, agitados por diversas, pero igualmente fuertes impresiones, los señores Agüero y Varela, después de la conferencia con aquel joven que parecía comprenderlo todo, dominarlo todo, y aventurarlo todo.