Amalia

Amalia

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Ahora sigámosla, que entra en el aposento de Luisa, dormida dulce y tranquilamente, y que tomando una llave de sobre una mesa abre la puerta de ese aposento que da al patio, y atravesándolo con Daniel, llega al frente opuesto a sus habitaciones, y abriendo con el menor ruido posible una puerta en un corredor que cuadraba a aquél, entra, siempre con la luz en la mano y con Daniel al lado suyo, a un aposento amueblado.

—Aquí ha estado habitando cierto individuo de la familia de mi esposo que vino del Tucumán y partió de regreso hace tres días. Este aposento tiene todo cuanto puede necesitar Eduardo.

Y diciendo esto, Amalia abrió un ropero, sacó mantas de cama, y ella misma desdobló los colchones, y arregló todo en la habitación, mientras Daniel se ocupaba de examinar con esmero un cuarto contiguo, y el comedor que le seguía, cuya puerta al zaguán estaba enfrente de aquélla de la sala, por donde una hora antes había entrado él con Eduardo en los brazos.

—¿A dónde mira esta ventana? —preguntó a su prima, señalando una que estaba en el aposento que iba a ocupar Eduardo.


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