Amalia
Amalia —Al corredor por donde se entra de la calle a la quinta, por el gran portón. Sabes que todo el edificio está separado, hacia el fondo, por una verja de hierro; y cerrada, los criados pueden entrar y salir por el portón, sin pasar al interior de la casa. Es por ahí que ha salido Pedro.
—Es verdad, lo recuerdo… pero… ¿no oyes ruido?
—Sí… Son…
—Son caballos a galope… —y el corazón de Amalia le batía en el pecho con violencia.
—Es probable que… Se han parado en el portón —dijo Daniel súbitamente, llevando la luz al cuarto inmediato, volviendo como un relámpago, y abriendo un postigo de la ventana que daba al corredor de la quinta.
—¡Quién será, Dios mío! —exclamó Amalia, pálida y bella como una azucena en la tarde.
—Ellos —dice Daniel, que había pegado su cara a los vidrios de la ventana.
—¿Quiénes?
—Alcorta y Pedro… ¡oh!, ¡el bueno, el noble, el generoso Alcorta! —y corrió a traer la luz que había ocultado.