Amalia

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En efecto, era el viejo veterano de la Independencia, y el sabio catedrático de filosofía, médico y cirujano al mismo tiempo. Pedro hízole entrar por el portón, llevó los caballos a la caballeriza, y luego lo condujo por la verja de hierro, de cuya puerta él tenía la llave.

—¡Gracias, señor! —dice Daniel, saliendo a encontrar al doctor Alcorta en el medio del patio, y oprimiéndole fuertemente la mano.

—Veamos a Belgrano, amigo mío —dijo Alcorta, apresurándose a cortar los agradecimientos de Daniel.

—Un momento —dijo éste, conduciéndole de la mano al aposento donde permanecía Amalia, mientras el viejo Pedro los seguía con una caja de jacarandá debajo del brazo—. ¿Ha traído usted, señor, cuanto cree necesario para la primera curación, como se lo supliqué en mi carta?

—Creo que sí —respondió Alcorta, haciendo una reverencia a Amalia—, lo único que necesitaré son vendajes.

Daniel miró a Amalia, y ésta partió volando a sus habitaciones.

—Éste es el aposento que ha de ocupar Eduardo. ¿Cree usted que lo debemos traer aquí antes del reconocimiento?


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