Amalia

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V. Monólogo en el mar

A las diez de la noche, la ballenera de míster Douglas partía como una flecha, o más bien se deslizaba como un pájaro acuático sobre las olas de la hermosa bahía de Montevideo, y a las once se había perdido a la vista de los buques más lejanos del puerto, sumergida allá entre el horizonte lejano del gran río, alumbrado por los rayos de plata que vertía de su tranquila frente la huérfana viajera de la noche.

Envuelto en su capa, reclinado en la popa de la ballenera, Daniel ya no fijaba sus ojos impacientes en la joven ciudad de la orilla septentrional del Plata, como lo había hecho veinticuatro horas antes; los tenía fijos en la bóveda azul del firmamento, sin ver, sin embargo, los vívidos diamantes que la tachonaban, abstraído su espíritu en las recordaciones de su corta pero aprovechada residencia en Montevideo.

«Restemos, porque la política tiene también sus matemáticas —se decía a sí mismo.

»Restemos. Creí encontrar asociados en Montevideo todos los intereses políticos de la actualidad, y los encuentro en anarquía: gano un desengaño.

»Creí hallar que el pueblo era más poderoso que las entidades que lo mandan, y encuentro que aquí el pueblo tiene también su caudillo, no sanguinario como Rosas, pero que al fin hace lo que quiere, y no lo que conviene al pueblo: gano otro desengaño, y ya son dos.


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