Amalia
Amalia El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la relajación, otro por una esperanza y otros, en fin, por la desesperación de no encontrar a quién ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia. Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora doña María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar la prioridad en la audiencia y era de notarse que, precisamente, la audiencia no se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían, por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto que los otros venían en solicitud de alguna cosa.
El pestillo de la puerta fue movido de la parte interior, y en el acto la mulata vieja abrió la puerta y dio salida a una negrilla como de dieciséis a dieciocho años, que atravesó la sala, tan erguida como podría hacerlo una dama de palacio que saliera de recibir las primeras sonrisas de su soberana en los secretos de su tocador.