Amalia

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Inmediatamente la mulata hizo señas a un hombre blanco, vestido de chaqueta y pantalón azules, chaleco colorado que estaba contra una de las ventanas de la sala, con su gorra de paño en la mano.

Ese hombre pasó lentamente por en medio de la multitud, se acercó a la mulata; habló con ella, y entró a la alcoba, cuya puerta se cerró tras él.

Doña María Josefa Ezcurra estaba sentada en un pequeño sofá de la India, al lado de su cama, tapada con un gran pañuelo de merino blanco con guardas punzó, y tomaba un mate de leche que la servía y la traía por las piezas interiores una negrilla joven.

—Entre, paisano; siéntese —dijo al hombre de la gorra de paño, que se sentó, todo embarazado, en una silla de madera de las que estaban frente al sofá de la India.

—¿Toma mate amargo o dulce?

—Como a Usía le parezca —contestó aquél, sentado en el borde de la silla, dando vuelta a su gorra entre las manos.

—No me diga «Usía». Tráteme como quiera, nomás. Ahora todos somos iguales. Ya se acabó el tiempo de los salvajes unitarios, en que el pobre tenía que andar dando títulos al que tenía un frac o sombrero nuevo. Ahora todos somos iguales, porque todos somos federales. ¿Y sirve ahora, paisano?


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