Amalia

Amalia

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—Vamos a ver: cuando usted ha ido ¿a quién ha visto en ella, además de la señora?

—A nadie.

—¿A nadie, eh?

—No, señora.

—¿No había algún enfermo en la casa?

—No, señora, todos estaban buenos.

Doña María Josefa reflexionaba.

—Bueno, paisano; Juan Manuel tenía algunos informes sobre algo de esa casa; pero yo le diré cuanto usted me ha dicho, y si es la verdad, usted le habrá hecho un servicio a la señora, pero si usted me ha ocultado algo, ya sabe lo que es Juan Manuel con los que no sirven a la Federación.

—Yo soy federal, señora; yo siempre digo la verdad.

—Así lo creo: puede retirarse nomás.

Inmediatamente a la salida del ex cochero de Amalia, doña María Josefa llamó a la mulata de la puerta y le dijo:

—¿Está ahí la muchacha que vino ayer de Barracas?

—Está, sí, señora.

—Que entre.

Un minuto después entró a la alcoba una negrita de dieciocho a veinte años, rotosa y sucia.

Doña María Josefa la miró un rato, y le dijo:


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