Amalia
Amalia —Y las noches que no paseaba ¿no recibía visitas?
—No, señora; no iba nadie.
—¿Estaría rezando?
—Yo no sé, señora, pero en casa no entraba nadie —respondió el antiguo cochero de Amalia, que, a pesar de toda la vocación por la santa causa, estaba comprendiendo que se trataba de algo relativo a la honradez o a la seguridad de Amalia, y se estaba disgustando de que le creyeran capaz de querer comprometerla, por cuanto él estaba persuadido de que en el mundo no había una mujer más buena ni generosa que ella.
Doña María Josefa reflexionó un rato.
«Esto echa por tierra todos mil cálculos» —se dijo a sí misma.
—Y dígame usted ¿de día tampoco no entraba nadie? —preguntó.
—Solían ir algunas señoras, una que otra vez.
—No, de hombres le pregunto a usted.
—Solía ir el señor don Daniel, un primo de la señora.
—¿Todos los días?
—No, señora, una o dos veces por semana.
—¿Y después que ha salido usted de la casa ha vuelto a ella a ver a la señora?
—He ido tres o cuatro veces.