Amalia
Amalia —¿Y cuándo es el principio? ¿Qué meses hará de esto?
—Hará cerca de dos meses, señora; después ya no cojea, y ya no va el médico; ahora pasea horas enteras con doña Amalia, sin cojear.
—¿Sin cojear, eh? —dijo la vieja, con la expresión más cínica en su fisonomía.
—Sí, señora; está bueno ya.
—Bien: es necesario que espíes bien cuanto pasa en esa casa, y que me lo digas a mí, porque con eso haces un gran servicio a la causa, que es la causa de ustedes los pobres, porque en la Federación no hay negros ni blancos, todos somos iguales ¿lo entiendes?
—Sí, señora; y por eso yo soy federal y cuanto sepa se lo he de venir a contar a Su Merced.
—Bueno, retírate nomás.
Y la negra salió muy contenta de haber prestado un servicio a la santa causa de negros y blancos, y por haber hablado con la hermana política de Su Excelencia el padre de la Federación.