Amalia
Amalia —¿Y no puedes pasar de noche a la quinta y acercarte a la casa, para oír lo que canta?
—Veré a ver; sí, señora.
—Mira; si puedes entrarte a la casa, escóndete y no te muevas de allí hasta que venga el día.
—¿Y qué hago, señora?
—¿No dices que allí hay un mozo?
—¡Ah! Sí, señora, ya entiendo.
—¡Pues!
—Yo creo que se ha de entrar desde temprano.
—No; si entra a las piezas de ella, ha de ser tarde, y ha de salir antes que venga el día.
—Yo los he de espiar, sí, señora.
—¡Cuidado con no hacerlo!
—Sí, lo he de hacer.
—¿Y qué más has visto en esa casa?
—Ya le dije ayer a Su Merced todo lo que había visto. Va casi siempre un mozo que dicen que es primo de la unitaria; y estos meses pasados iba casi todos los días el médico Alcorta, y por eso le dije a Su Merced que allí habla algún enfermo.
—¿Y recuerdas algo más que me hayas dicho ayer?
—Ah, sí, señora: le dije a Su Merced que el enfermo debía ser el mozo que anda cortando flores, porque al principio yo lo veía cojear mucho.