Amalia

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La dueña de la casa no se hizo esperar mucho tiempo de su digna visita, y salió a la sala a recibirla diciéndole:

—Sólo a usted lo recibo, porque ya me iba a lo de Juan Manuel y empiezo por decirle que estoy muy enojada.

—Yo también —le contestó Mariño, sentándose en el sofá de la sala, al lado de ella.

—Sí, pero usted no ha de tener los motivos que yo.

—También lo creo; empiece usted por los suyos, que yo después explicaré los míos —le contestó el redactor, hombre a quien la Naturaleza había tenido el capricho de envolverle el alma entre un velo negrísimo, tejido con las peores fibras de que brotan las malas pasiones en las degeneraciones de la raza humana, al mismo tiempo que salpicándole la inteligencia con algunas brillantes chispas de imaginación y de talento.

—¿Que empiece por los míos?

—Eso he dicho.

—Pues bien: tengo motivos de queja contra usted, porque nos está sirviendo a medias solamente.

—¡Nos está sirviendo! ¿A quiénes, señora doña María Josefa?

—¡A quiénes! A Juan Manuel, a la causa, a mí, a todos.

—¡Ah!


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