Amalia
Amalia —¡Pues! Y a Juan Manuel, no le puede gustar esto.
—Respecto a eso yo me entiendo con el señor gobernador —contestó Mariño, mirando a la vieja, aun cuando nadie lo hubiera creído, por cuanto sus ojos miraban siempre al sesgo.
—Sí ¡como ahora lo ve usted todas las noches!
—Mientras usted lo ve tres o cuatro veces al día, señora —contestó Mariño, queriendo lisonjear a doña María Josefa, pues, aun cuando Mariño no la quería, por la razón de que a nadie quería en el mundo, sabía cuánto importaba estar a bien con ella siempre, y especialmente en esos momentos en que interés individual le aconsejaba buscar su auxilio.
—¿Cuatro? No; tres veces nomás lo suelo ver.
—Es mucha suerte. Pero vamos a esto; ¿en qué sirvo yo a medias?
—En que está usted predicando en La Gaceta el degüello de los unitarios y se olvida de las unitarias, que son peores.
—Pero es preciso empezar por los hombres.
—Es preciso empezar y acabar por todos, hombres y mujeres; y yo empezaría por las mujeres, porque son las peores, y después hasta por sus inmundas crías, como ha dicho muy bien el juez de paz de Monserrat, don Manuel Casal Gaete[*1], que es un modelo de federal.