Amalia
Amalia —Bien, hemos de tratar a su tiempo lo de las unitarias, pero por ahora es preciso que yo le diga a usted que también hay damas federales que no son buenas amigas.
—No, pues por lo que hace a mí…
—Precisamente es a usted a quien me refiero.
—¡Vaya! Ésa es broma.
—No, señora, es serio: yo le confié a usted un secreto hace quince días, ¿recuerda usted?
—¿Lo de Barracas?
—Sí, lo de Barracas; y en alma y cuerpo se lo ha «embutido» usted a mi mujer.
—¡Qué! Si fue una broma que yo tuve con ella.
—Pero una broma que me cuesta caro, pues mi mujer me saca los ojos.
—¡Bah!
—No, no ¡bah! La cosa es seria.
—¡Qué!
—Muy seria.
—No diga eso.
—Sí; lo repito, muy seria, porque no tenía usted para qué dar este disgusto a mi señora, ni a mí.
—¡Qué! Mire usted… ¡qué ocurrencia, Mariño!… Como ella lo había de saber por otro conducto, yo le dije que a usted le parecía muy buena moza la viuda de Barracas, pero nada más; ¡qué ocurrencia!… ¿Cómo cree usted que había de querer yo indisponerlos?