Amalia
Amalia Y sentándose a la orilla del sofá examinó el pulso de Eduardo por algunos segundos.
—¡Bueno! —dijo al fin—, vamos a llevarlo a su aposento.
A ese tiempo, entraban a la sala por el gabinete Amalia y Pedro. La joven traía en sus manos una porción de vendas de género de hilo no usado todavía, que habla cortado según las indicaciones del veterano.
—¿Le parecen a usted bien de este ancho, doctor? —preguntó Amalia.
—Sí, señora. Necesitaré una palangana con agua fría y una esponja.
—Todo hay en el aposento.
—Nada más, señora —dijo tomando las vendas de las manos de Amalia, cuyos ojos vieron en los de Eduardo la expresión del reconocimiento a sus oficiosos cuidados.
Inmediatamente Alcorta y Daniel colocaron a Eduardo en una silla de brazos, y ellos y Pedro lo condujeron a la habitación que se le había destinado, mientras Amalia quedó de pie en la sala sin atreverse a seguirlos.