Amalia
Amalia Pálida, bella, oprimida por las sensaciones que habían invadido su espíritu esa noche, se echó en un sillón y empezó a separar con sus pequeñas manos los rizos de sus sienes, cual si quisiese de ese modo despejar su cabeza de la multitud de ideas que habían puesto en confusión su pensamiento. Hospitalidad, peligros, sangre, abnegación, trabajo, compasión, admiración, todo esto había pasado por su espíritu en el espacio de una hora; y era demasiado para quien no había sentido en toda su vida impresiones tan imprevistas y violentas; y a quien la naturaleza, sin embargo, había dado una sensibilidad exquisita, y una imaginación poéticamente impresionable, en la cual las emociones y los acontecimientos de la vida podían ejercer, en el curso de un minuto, la misma influencia que en el espacio de un año, sobre otros temperamentos.
Y mientras ella comienza a darse cuenta de cuanto acaba de pasar por su espíritu, pasemos nosotros al aposento de Eduardo.
Desnudado con gran trabajo, porque la sangre había pegado al cuerpo sus vestidos, Alcorta pudo al fin reconocer las heridas.
—No es nada —dijo después de sondar la que encontró sobre el costado izquierdo—; la espada ha resbalado por las costillas sin interesar el pecho.