Amalia

Amalia

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Eran las cinco de una tarde fría y nebulosa, y al lado de la chimenea, sentado en un pequeño taburete a los pies de Amalia, Eduardo le traducía uno de los más bellos pasajes del Manfredo, de Byron[91]; y Amalia, reclinado su brazo sobre el hombro de Eduardo y rozando con sus rizos de seda su alta y pálida frente, lo oía, enajenada, más por la voz que llegaba hasta su corazón, que por los bellos raptos de la imaginación del poeta; y de cuando en cuando Eduardo levantaba su cabeza para buscar en los ojos de su Amalia un raudal mayor de poesía que el que brotaban los pensamientos del águila de los poetas del siglo XIX.

Ella y él representaban allí el cuadro vivo y tocante de la felicidad más completa: felicidad de ellos, que se escondía en los misterios de su corazón, que a nadie costaba una lágrima en el mundo, y que no dejaba en sus almas el torcedor secreto de los remordimientos, que tan frecuentemente trae consigo esa dicha vulgarizada o comprada a costa de alguna mala acción entre los hombres.

El mundo se encerraba, para ellos, en ellos solos y, al contemplarlos, se hubiera podido decir que la desgracia tendría compasión de echar una gota de acíbar en la copa purísima de la felicidad que gozaban aquellos dos seres que a nadie habían hecho mal en la vida, y que respondían, amándose, a las leyes de una providencia superior a ellos mismos.


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