Amalia
Amalia —No le crea usted, Amalia, yo he sido quien he dispuesto este paseo, el perezoso se habría dejado estar hasta mañana al lado de la chimenea —dijo madama Dupasquier, señora de cuarenta a cuarenta y dos años, de una fisonomía y de un aire de los más distinguidos; pero en cuyo semblante había algo de enfermizo y melancólico, que en la época del terror se descubría muy generalmente en las señoras de distinción que, soterradas en sus casas, y temblando siempre por la suerte de los suyos o de sus amigos, su salud se alteraba por la excitación moral en que vivían.
—Está bien, yo diré menos verdad que madama Dupasquier, pero no hay lógica humana que de ahí deduzca que yo no deba tomar café los viernes.
—Amalia, yo me empeño en que se lo haga usted servir —dijo la madre de Florencia—; de lo contrario, no nos va a hablar sino de café toda la tarde.
—Sí, Amalia, déle café, déle cuanto pida a ver si deja de hablar un poco, porque hoy está insufrible —dijo Florencia, a quien Eduardo estaba mostrando los grabados que ilustran las obras completas de lord Byron.
Amalia, entretanto, había tirado el cordón de la campanilla y ordenado al criado de Eduardo que sirviera café.
—¿Qué obra es ésa, Eduardo? —preguntó Daniel.